jueves, 22 de mayo de 2014

Todo lo que necesitas es menos.

Hoy, leyendo un artículo sobre la búsqueda de la felicidad en una conocida publicación, me llamó la atención una frase de Abraham Lincoln que decía que "casi todas las personas son tan felices como deciden serlo.". Dado el carácter íntegramente subjetivo del concepto de felicidad, creo que Lincoln estaba en lo cierto.
Los seres humanos jamás nos conformamos con nada. Siempre queremos más y más y más... La sociedad actual defiende una lucha a muerte por todo lo que creemos que necesitamos para ser felices y nosotros como buen rebaño peleamos con uñas y dientes  para conseguirlo. Al final, si lo conseguimos dejamos de darle el valor que antaño le dabamos y si no lo conseguimos creemos que jamás podremos ser felices sin nuestro ansiado capricho. Ser una persona luchadora es una cualidad sumamente positiva, pero también hay que saber cuando frenar, cuando abandonar y eso nadie lo promueve. Ahí reside el gran peligro. De ahí afloran las benditas depresiones, insatisfacciones y desdichas varias. En mi humilde opinión, es tan importante promover la capacidad de lucha como la capacidad de claudicación. Claro, que no siempre he opinado así... Han sido mis innumerables fracasos personales los que han hecho que actualmente valore como habilidad superpositiva la capacidad de retirarse a tiempo.
En dicho artículo también se hacía hincapié en que la felicidad es el estado natural de los seres humanos. Nacemos para ser felices, pero contaminamos nuestro mundo interior con un inconformismo desmesurado que nos impide valorar lo que sí tenemos, lo que sí hemos logrado...
Solo las personas que consiguen librarse de todo anhelo y dependencia pueden ser realmente felices. Es bueno tener metas, querer mejorar y crecer como individuos pero sin dejar que el hecho de no alcanzar esas metas sea un motivo de desdicha, porque la felicidad no está ahí. Está dentro y no merece ser corrompida con absurdos, egoístas e inalcanzables deseos.
Solo necesitamos una cosa para ser felices y es querer serlo. Todo lo demás es prescindible.

Todo lo que necesitamos es menos.


domingo, 11 de mayo de 2014

Ahora que no confiaré ya nunca más en nadie:


El desamor es el lugar más frío en el que he estado jamás. La cara B de la vida.
Admiro a esa gente capaz de escoger a quien amar. Los eligen. Los escogen para poder ahorrarse la frialdad del desamor, la soledad de la dependencia, el dolor de los ojos cuando ya no saben mirar...Los eligen. Se salvan.
Mientras, otros, vivimos toda la vida buscando un amor que nos rompa los huesos. Y cuando al fin lo encontramos reímos, festejamos, soñamos, vivimos. Bukowski lo sabía bien: “Love breaks my bones and I laugh”.
Nunca pensamos en la remota posibilidad de que esa sensación de estúpida inmortalidad tenga fecha de caducidad. Nos olvidamos de que lo único que perdura es el cambio y nos aferramos a un sentimiento que nos hace creer que no hay nada en esta vida que pueda matarnos. Pero, en realidad, sí. Sí que hay algo que puede matarnos. Y somos nosotros los que lo hemos permitido.  
Si hay algo con más poder que ese amor, es la soledad que viene después de haber amado por encima de tus posibilidades. Si hay algo más devastador que ese amor es el abismo del día después. El miedo a no volver a sentir jamás. El miedo a volver a sentir. El miedo. Al fin y al cabo, todo se reduce al miedo.
Pero, ¿Quién puede conformarse con un amor a medias? ¿Quién puede conformarse con un dolor a medias? Vivir a medias es peor que no vivir. Vivir en la cuerda floja es más insoportable que vivir en el infierno. Seguramente lo mejor sea no preguntarse porqué. Curarse las heridas con el agridulce veneno de la inercia. Aceptar el mecanismo simple de respirar como si eso fuese lo único realmente importante. Y olvidar lo que un día has sido. Lo que un día quisiste ser y lo que ya nunca jamás vas a ser.
Al fin y al cabo todo se trata de aceptar. Aceptar que no todo el mundo tiene capacidad para amar, que todo lo que empieza ha de terminar y que después del final hay millones de oportunidades esperándote. Esperándome. Aceptar que debes seguir escribiendo, aunque no merezca la pena hacerlo tan lejos de la poesía. Aceptar que no siempre luchar es de valientes ni resignarse es cobardía. Vivir es tan importante como sobrevivir. Y estar lejos ha de ser olvidar. Aprender a vivir solo con cinco sentidos. Dejar de perseguir al error. No dejarse la vida en cada intento. No escribir a lo que nunca tendrás. No suspirar por algo que no era verdad. Romper todos los recuerdos. Tener el valor de marcharse. Tener el valor de quedarse. Tener el valor de aguantar. Tener el valor.
Siento haberte matado. Eras tú o yo.
Tuve que salvarme, Mario. Tuve que salvarme. Tengo que salvarme.
Hace tiempo que no hay manta, ni té, ni casa... No hay nada. No hay nadie. Todo lo que me has dejado han sido estas indomables ganas de volver a casa. Ahora. Ahora que no confiaré ya nunca más en nadie.

Ha sido divertido. Me equivocaría otra vez.