martes, 7 de abril de 2015

No habrá paz para los culpables.



Este desapego absoluto hacia la vida no ha impedido que el apego hacia ti creciese muy por encima de lo tangible. Ojalá supiera cómo liberarme de toda esta contradicción que represento. Ojalá estuvieras aquí, ahora que miro el reloj, son las 7 y yo ya no sé como librarme del mundo ni de mí. No me dejes sola, ahora, que soy tan pequeña. Sentirse sola. Sentirse a parte. No temo a la soledad. Temo al vacío del corazón cuando sabe que no puede albergar más dolor y decide rendirse. Temo a los finales y al no saber quién abrirá la puerta ahora que tú no estás. Tengo miedo de no poder reconstruir mi corazón que cada vez se rompe en pedazos más pequeños e invisibles. Tengo miedo de mi corazón que se detiene y empieza otra vez. Me da miedo no ser capaz de abandonar la esperanza de una vida en tus manos.

Sé que ese invierno te quise de verdad. Sé que te miraba a los ojos y era capaz de ver el cielo y el infierno en tu mirada. El cielo de la vida cuando te da una segunda oportunidad, después de haberte robado todos tus sueños y haberlos arrojado con desprecio al pozo del fracaso eterno de querer ser una cosa y acabar siendo todo lo contrario. El infierno de saber que jamás podría guardar en mis manos toda la belleza de tu mirada, que nunca sería digna de ella, que no habrá finales felices para los culpables. Ese invierno te quise como se quiere todo aquello que sabes que nunca podrás alcanzar. Te quise como quiero a la belleza, a las palabras, al viento, a la lluvia, a la luna... de lejos, mirándote con admiración y orgullo, agradeciendo a la vida que me diese todos esos motivos para creer que aunque pocas, a veces, merece la pena estar vivo y respirar. Y yo no quería perderme nada de ese milagro que supone que existas.

He memorizado el número de tus escalones, todos tus pestañeos, y tus pecas. He memorizado todas tus palabras, tus caricias y esa sonrisa torcida que sólo usas cuando percibes que el amor que siento por tí se me va de las manos. Tu voz en formato susurro, en formato gemido... Tu olor y esa paz en tu pecho. La serenidad que sentía al mirarte y esa inexplicable sensación de seguridad que me dabas cuando me abrazabas y yo me hacía un ovillo herido en tus brazos y creía que el mundo era un lugar amable y pacífico.

Sé que ese invierno te quise de verdad porque el invierno de esta primavera es más frío que nunca. Sé que era verdad porque ahora que las hogueras se han apagado, la guerra se me antoja mucho más cruel que antes.

Sé que te quise, te quiero y te querré aunque estemos destinados a no ser, porque hace mucho tiempo que no creo en el amor ni en el ser humano, y aún así puedo notar como mi corazón se va rompiendo en mil pedazos y no hay consuelo ni palabras que me salven.

No habrá paz para los culpables.










"Hay caminos que hay que andar descalzo. Ya no te preocupes más por mí. Siempre me entra arena en los zapatos. Esta vez me quedo aquí. Si te cabe el cielo en un abrazo, siempre habrá una estrella para ti."




viernes, 3 de abril de 2015

Humo y letras.



Un cigarro tras otro, las esperanzas van cayendo en picado y el blanco del papel se vuelve cada vez más blanco. Un montón de historias deseando salir sin saber muy bien cómo, dónde, cuándo, porqué...

Tú ya no serás tan hermosa como ayer, y quizás yo, ya no vuelva a mirarte así, a verte así. 
Una línea vertical hacer regresar la esperanza. Pero poco dura, porque lo bueno de las cosas buenas es que duran tan poco que no nos da tiempo a acostumbrarnos a ellas. Por eso, la felicidad, siempre parece algo nuevo, distinto, especial... 

Tú ya no eres tan espectacular como creíamos, y yo, ya no encuentro la manera de reconciliarme conmigo (ni contigo). Autoconvencerme. Autoinmolarme. No te engañes. Lo que fuíste es pasado. Ahora eres lo que eres, y de poco vale ponerse el disfraz de asesino si nunca has pretendido matar. 

No tiene sentido vivir para el pasado. Cada caída es un paso hacia el siguiente nivel. Ya no puedes hacer trampas, ni resignarte. Tienes que mirar al frente, aunque tiembles de vértigo, miedo y ganas de volver a caer.  La única persona que puede hacerte sentir especial eres tú misma. Los demás siempre han estado demás. 


Miras esa foto de nuevo, enciendes otro cigarro, buscando quién sabe si perderte entre su humo, o arder con él.