Salió de casa con paso firme y airado, dejando atrás un sinfín de noches sin dormir y días sin motivo ni razón. Sólo quería volver a sentirse viva. Quitarse las telarañas. Sonreír porque sí. Ponerse a prueba.
Qué bien le sentaba la tarde. Su belleza era una mezcla de pausado dolor, templanza e infinitas ganas de vivir. Era bella como la poesía. Triste, arriesgada, misteriosa y pasional. Te miraba como miran aquellos que ya no temen nada. Tenía las cosas claras y llevaba a cuestas esa maravillosa sensación de libertad. El miedo y las dudas habían huído. Ya no se escuchaba ningún ruído.
Cada beso era nada. Cada luna era nada. Cada polvo era nada. Cada caricia era nada. Se había olvidado de que venía a verte. Solo quería escucharte hablar de amor. Quería escuchar una de esas estúpidas historias de amor inquebrantable. Necesitaba creer que existen los finales felices aunque ella estuviera a años luz de ellos. Quería tener algo por lo que luchar. Besar el aire y la acera y a ti. Lo quería todo.
Él la invitó a soñar. La amó en reiteradas ocasiones sin llegar a amarla jamás. La quiso durante dos horas sin condiciones ni porqués, sin promesas ni mentiras. Fue solo un momento pero podía durar eternamente. Su carmín resbalaba como la sangre. Buscó su jaula y le devolvió la vida en un simple abrir y cerrar de piernas. La besó en todas sus cicatrices sin ni siquiera saberlo. Jamás le puso un cascabel. No quería querer. No podía creer. Estaba a salvo. Su cama no tenía sueño ni dueño. Suspiró de alivio cuando llegó la "petite mort" y con ella dejó ir a todos sus fantasmas. Pudo volver a sentir a todo el universo y todo el universo volvió a sentirla a ella, sintió la humanidad de después de la muerte. La inmortalidad del placer. La paz de no tener nada que esconder. La paz de no tener nada que perder.
Puede que siga sintiéndose sola, cuando llegue a casa, sean las diez y nadie se siente a su lado en el sofá. Puede que siga sin encontrar su lugar en el mundo, trastabillando de un sitio a otro, de una piel a otra, sin acabar de encontrarse jamás. Quizás siga lamiendo cada noche las hojas de su cuaderno preguntándose porqué jamás ha podido encontrar lo que siempre ha estado buscando. Puede que ya no vuelva a ser puta y bendita, musa y virgen, pero ahora vive al día, dejando señales, sin miedos ni anhelos,fuera del redil, dentro de ella.
"Te pido que no vengas que no quiero nada más que lamerme los huesos.
Vete a olisquearle el ojete a otro perro que te haga más caso que yo estoy aleteando de nuevo."
Qué bien le sentaba la tarde. Su belleza era una mezcla de pausado dolor, templanza e infinitas ganas de vivir. Era bella como la poesía. Triste, arriesgada, misteriosa y pasional. Te miraba como miran aquellos que ya no temen nada. Tenía las cosas claras y llevaba a cuestas esa maravillosa sensación de libertad. El miedo y las dudas habían huído. Ya no se escuchaba ningún ruído.
Cada beso era nada. Cada luna era nada. Cada polvo era nada. Cada caricia era nada. Se había olvidado de que venía a verte. Solo quería escucharte hablar de amor. Quería escuchar una de esas estúpidas historias de amor inquebrantable. Necesitaba creer que existen los finales felices aunque ella estuviera a años luz de ellos. Quería tener algo por lo que luchar. Besar el aire y la acera y a ti. Lo quería todo.
Él la invitó a soñar. La amó en reiteradas ocasiones sin llegar a amarla jamás. La quiso durante dos horas sin condiciones ni porqués, sin promesas ni mentiras. Fue solo un momento pero podía durar eternamente. Su carmín resbalaba como la sangre. Buscó su jaula y le devolvió la vida en un simple abrir y cerrar de piernas. La besó en todas sus cicatrices sin ni siquiera saberlo. Jamás le puso un cascabel. No quería querer. No podía creer. Estaba a salvo. Su cama no tenía sueño ni dueño. Suspiró de alivio cuando llegó la "petite mort" y con ella dejó ir a todos sus fantasmas. Pudo volver a sentir a todo el universo y todo el universo volvió a sentirla a ella, sintió la humanidad de después de la muerte. La inmortalidad del placer. La paz de no tener nada que esconder. La paz de no tener nada que perder.
Puede que siga sintiéndose sola, cuando llegue a casa, sean las diez y nadie se siente a su lado en el sofá. Puede que siga sin encontrar su lugar en el mundo, trastabillando de un sitio a otro, de una piel a otra, sin acabar de encontrarse jamás. Quizás siga lamiendo cada noche las hojas de su cuaderno preguntándose porqué jamás ha podido encontrar lo que siempre ha estado buscando. Puede que ya no vuelva a ser puta y bendita, musa y virgen, pero ahora vive al día, dejando señales, sin miedos ni anhelos,fuera del redil, dentro de ella.
"Te pido que no vengas que no quiero nada más que lamerme los huesos.
Vete a olisquearle el ojete a otro perro que te haga más caso que yo estoy aleteando de nuevo."