miércoles, 11 de marzo de 2015

Total. Parcial.


No quiero quedarme a ver como te vas, como destruyes en un pestañeo toda la magia que tus ojos han creado en estas cuatro paredes que laten cuando escuchan tu voz.

Al final, son tantos los finales, que ya no recuerdo como olían los principios. Al final no he dejado que nadie entrara en mi pequeño y tranquilo rinconcito de soledad. Sé que es el miedo a volver a los infiernos, el que nunca me dejará tener nada, pero ya no hay vuelta atrás.

Todo el mundo necesita una rutina para mantener su estabilidad y yo me he acostumbrado a la invisibilidad, a irme antes de que la vida me obligue a hacerlo, a mirar más al suelo que al cielo y a entender que nunca seré capaz de amar sino soy capaz de confiar.

No me interesa tu amor, pero me dan miedo las despedidas, el tiempo perdido y el arrepentimiento.

He cambiado tantas veces de dirección sin que a nadie le haya importado lo más mínimo, que ahora que llegas tú llenando con tu luz todos mis cuartos sin ventanas, temo no saber como comportarme para no ensuciarte con toda esta oscuridad.

Yo, callando siempre a gritos. Contaminándolo todo con esta mierda que solo podía ser humana.

Te ahorro la réplica que veo venir y me voy porque te quiero.



(" Y resulta que te quiero. Total. Parcial. Te quiero. Total. General. Te amo.")




Sé que quedarse es ir demasiado lejos pero como dice Diego: "Me he ido ya de tantos sitios, corazón, que a veces preferiría estar muerto y alquilarme un piso sin ventanas en los dos interrogantes de tus ojos."






martes, 10 de marzo de 2015

Pedazos. (de). Desmesura.

Pedazos.

Pedazos de miserias pasadas, pedazos de juventud perdida, pedazos de desilusión, pedazos de miedo, pedazos de inocencia interrumpida, pedazos de rencor, pedazos de dudas, pedazos de desconfianza, pedazos de sueños rotos... Yo me rompía en mil y un pedazos y tú los recogías uno a uno. Los mirabas. Los unías con tus delicadas manos de ternura y placer. Los besabas. Les hacías el amor. Ellos no entendían tu compañía y como tenían ganas de llorar, lloraban un poco más.

Los restos de mi desmesura cobraban sentido en tus brazos y el mundo, por aquel entonces, era un poco menos estéril, un poco más amable. Debajo de todo este exceso seguía estando yo y esa fragilidad. Mi fragilidad. La de siempre. La que creí haber perdido el día que perdí la cordura.

Buscar entre mis restos después del naufragio es un ir perdiendo poco a poco y sin pausa mi identidad, mi ser. Es un no saber reconocerse en nada ni en nadie. Un despertar después de años de amnesia, de siglos de desmemoria, en una habitación de hospital, rodeada de gente y tan sola... Siempre tan sola. El vacío. La nada absoluta de un mundo poblado por seres que matan en nombre del amor. Un haber pedido perdón tantas veces... Sufrir para después amar.

Una cara amable al despertar y otra vez las ganas de compartir. Compartir soledades. Caer y crecer de la mano de esos ojos que esperas nunca dejen de mirarte. De esos ojos que no puedes dejar de mirar. Otra vez el infinito y la marcha atrás. Los semáforos en rojo, el calor y la humedad. Las eternas preguntas sin respuesta correcta: ("¿Tú me quieres o sólo esperas que me vaya bien?, ¿Seré capaz de confiar en ti o me estoy engañando otra vez?, ¿Vas a dejarme ser quien soy en realidad o lo tengo que inventar?, ¿Cuidarás de mí?, ¿Harás que crezcan las flores?, ¿De verdad entiendes mi dolor?,¿Estás dispuesto a jugártelo todo o será tu amor en vano?."). Otra vez ese miedo que casi te deja ciego. La virtud del equilibrio. El poder de la ignorancia. La necesidad de sufrir para poder escribir, para poder amarte. Mis taras y tus deudas. Una cara donde quedarse a vivir. Tu cara.

Hubo un tiempo en el que yo habría muerto por amor pero algo salió mal y no quiero mirar desde el suelo nunca más en la vida.









"Muy bien, lo intentaré otra vez, me enamoraré de tí. Si lo estropeo te daré las llaves."