Me digo que las palabras son siempre mentira pero lo cierto es que a veces parecen ser tan necesarias como el respirar. Un día te despiertas y apenas puedes hablar, pues las benditas palabras que nunca has podido decir te ahogan. Resistes. No hay otra cosa que puedas hacer. Confías en que el tiempo haga su trabajo, aún a sabiendas de que el maldito tiempo nunca se pone en tu lugar. Pero tienes fe. Es imposible sobrevivir sin fe. Buscas alternativas a esas palabras. Rezas porque algún día dejen de ahogarte y por fin puedan pasar a formar parte de la memoria, del pasado. Las escribes. Las quemas. Vuelves a escribirlas. Esta vez las guardas. Las lees y las relees. Las quemas. Las tiras. Las escupes. Cambian de destinatario, de tono, de forma, de vida. Pero, aún así, no parecen querer irse sin cumplir su cometido. Llegar a su destinatario. Morir en tus labios. Nunca sabrás como me siento. Mis palabras valen más que tú. Tú lo sabes. Yo lo sé. Batallas eternas contra uno mismo. La guerra ha acabado, pero las armas siguen cargadas. Me olvido de todo aquello que no puedo cambiar. Me refugio en otras palabras, en otros brazos, en otras vidas. No quiero hablar de mí. No quiero hablar de tí. Háblame tú de ti. Cuéntame. Dime porqué has decidido dejar de creer. Dime en que larga noche de invierno conseguiste librarte de todas las cicatrices que la mala vida te ha dejado. Enséñame a olvidar como olvidas tú. Enséñame a creer en las segundas oportunidades.
Ahogarse con las palabras que nunca has podido decir. Inventarte las palabras que siempre has querido oír. Soñar con ellas. Escucharlas en otras voces, sentirlas en otras pieles, verlas en otros ojos. Envidiar la retórica vulgar de la gente vulgar. Lo siento. Solo lo siento. Dos palabras. Ya no valen nada. No cambiarán nada. Pero moriría por poder escucharlas de tu boca. Te has equivocado. Lo sabes bien. No se puede vivir con tanto veneno. Dímelo. Escúpeme todo esa culpabilidad que llevas dentro antes de que acabe contigo. No dejes que te destroce. Solo son palabras. Sí, recuerdo muy bien que decías que si las palabras no son más bonitas que el silencio es mejor no decir nada. Pero quizás eso ya no funcione jamás. Quizás sea tarde para creer en algo así. Mírame a los ojos. Estos ojos que siempre han sido tuyos. Estos ojos en los que tanto te gustaba mirarte y dímelo. Dispara, yo ya estoy muerta. No dejes que nos maten a los dos. Sálvate. Sálvame. El tiempo pasa raudo y veloz y tus silencios cada vez valen menos. Mis maniobras de escapismo cada vez pesan más. Siempre sé lo que va a pasar. Lo sabes bien. Creo que todas las palabras que no hemos dicho nos van a destrozar. Sí, aún más. Siempre me ha dolido el silencio. Mis huecos solo pueden ser llenados con letras. Eres lo que más he querido en la vida. Sabes que no me cuesta decirlo. Mis ganas de buscarte siempre nos han salvado. Tus deudas. Tus taras. Tu capacidad de huida. Ese continuo querer y no poder, poder y no saber. Todo eso siempre formará parte de nosotros. Las palabras seguirán ahí aunque no las pronuncies. El miedo seguirá decidiendo por nosotros. He pecado por hablar demasiado. Tú por callar demasiado. Sé todo el amor que nos teníamos. Pero el amor nunca nos ha servido para nada. El amor no es nada sin nosotros. Nosotros nunca seremos nada sin palabras.
Se me ha agotado la esperanza. No sé cual es el camino a seguir ahora. No sé que hacer con todas estas madrugadas llenas de todo menos de verdad. No sé cómo hablar. Mis palabras ya no encuentran la manera de salir. Sólo hay silencio en esta cárcel de deshechos. Me están quitando la vida. Quiero, pero ni puedo ni sé. No me entiendo cuando me escucho ni me escucho cuando me oigo. No sé hacerlo peor. Pero espero. Siempre estoy esperando.
"He amado y he odiado a las palabras y espero haber estado a su altura. "
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