García Márquez dijo que no hay peor forma de extrañar a alguien que estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener. Era una niña cuando leí por vez primera esa frase, y recuerdo perfectamente haber sentido un escalofrío recorriendo mi espalda al pensar en lo horrible que tenía que ser la vida viendo como tu persona, crece a tu lado y tan lejos de tí; como te quiere y se va al mismo tiempo; como te detesta y se queda al mismo tiempo.
Por aquel entonces no imaginaba cuánto. No podía ser consciente del cúmulo de sensaciones que me invadirían cuándo hoy amanezco a tu lado y tus ojos me miran cobardes, astutos; escondiendo, quizás, verdades que mi pobre e insulso ser no logra descifrar, enseñándome un millón de maneras de desahuciar mi amor con amor... y yo que nunca he sabido a donde ir, ahora sé donde me quiero quedar.
Tampoco podía prever que el amor es real en el momento justo en el que quieres abandonar una guerra y no puedes. Estás atado. La vida te ata, tú te atas. Tú me atas. Yo te ato. Yo que nunca creí en las ataduras, vivo atada a la imposibilidad de tu fenómeno. ¿Quién iba a decirle a esa niña que el amor dura dos segundos y el olvido un millón de años?. ¿Quién puede comprender a esta niña que cada vez que te ve se despide de ti?.
Yo no. Ni a ti. Tú no. Ni a ti. Me lo has enseñado tú. Ahora maldigo a quién amo. Ahora vivo de las migajas de un amor que se destruye cada vez que trato de salvarlo del vacío absoluto e intento, intento, intento, encontrar un lugar donde parar a coger aire y descansar, para poder seguir sobreviviendo en nuestra historia interminable de recuerdos, palabras, momentos, conversaciones, miradas, abrazos, besos paseos, amores... que no valen nada y de tus once minutos de placer chocando de frente contra mis ganas de toda una vida.
¿Como hacer comprender a alguien que quieres una vida entera y no cuatro domingos por la tarde?
Pero tú sigues sin imaginar que cada vez que te veo, me despido de ti ... para siempre.

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