Pasaron los días y tuve que volver. Lo siento pero tuve que volver. Entonces me hablaste de la belleza, la admiración, la inteligencia, la valentía, la bondad, la ternura, la luz y les pusiste mi nombre y yo volví a entender "te quiero" y otra vez era mentira y tuve que correr. Pero ya me habías atrapado y no pude negarlo y yo era tan culpable que ni siquiera pude contarles, que tú eras tú, pero que no querías ser nosotros. Tuve que esconder las heridas. Tuve que volver a arrancarme el corazón para que no pudieras quitarmelo y pensé en que debería dejarte, irme lejos y jamás volver. Pero era inútil negarlo. Ya me habías hecho perder. Tu puñalada por la espalda casi sin querer y mi manera casi enfermiza de esconder la herida que tú me habías provocado me dejaron inmune a todo mal. Y entonces tú ya no me importabas. Y sólo fuiste uno más de cientos. Me convencí de que llegados a este punto ya no era de recibo abandonarte y me quedé, pero nunca pude hacerlo bien. Y te mentí, te apuñalé, te grité, te lloré, te odié, quise matarte, deseé que nunca hubieras nacido. Y tú, un poco por inercia, otro poco por pasividad, me perdonabas todo, porque te daba igual. Yo te daba igual. Siempre te había dado igual. La tierra prometida nunca había existido.
Me he pasado la vida entera tratando de creer en algo. He desperdiciado la vida entera. Nos separan años luz, pero te recuerdo por ser lo único real en todos estos años sin luz. Ahora bien, yo ya no sé si tú seguirás leyéndome dentro de un tiempo, pero jamás haría nada que imposibilitase que tú y yo podamos tener un futuro juntos, lejos de mis temores y de tu infancia mal curada.
"No voy a abandonarte a estas alturas."
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